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BIOGRAFIA DEL PADRE SERAPIO RIVERO NICOLÁS

ASOCIACIÓN DE EXALUMNOS DEL COLEGIO SANTA ROSA DE CHOSICA

¿Quién fue el P. Riverito?

Advertencia

                Me habéis pedido que os escriba, para vuestra página de internet, una muy breve biografía de nuestro querido P. Riverito. He pensado que más que escribir a los anónimos que puedan leerla, prefiero dirigiros a vosotros una “carta” contándoos lo poco que viví con él y lo mucho que os he oído comentar a vosotros y a chosicanos. Mi deseo es, pues, ayudaros a recordar con vuestras propias palabras.

                Por eso dos detallitos, ante de comenzar. El primero: deciros que los responsables de la Causa en el Perú hemos optado por referirnos al P. Serapio Rivero Nicolás, de la misma manera que usáis vosotros desde muy antiguo: P. Riverito. Lo identifica más y mejor. El segundo: Que en el P. Riverito encontraremos mucho de una vida sin eventos grandioso, sin sucesos llamativos. Es la normalidad del día a día.

                Os añado un deseo mío: Que intentéis mejorar esta mini biografía. ¿Cómo? Con vuestras aportaciones. Eso que si tú no lo dices nunca lo sabremos y que haría tanto bien saberlo.         

Sus orígenes

Según los datos tomados de los documentos de nacimiento y de bautismo que obran en mi poder, el P. Serapio Rivero Nicolás (“P. Riverito”) nació a las 4 de la mañana del 14 de noviembre de 1917 en el pueblecito Bercianos del Real Camino (León, España). El “apellido” del pueblo se debe a que el famoso Camino de Santiago cruza la zona.

Sus padres: Juan Rivero de Prado y Victoriana Nicolás Quintana. Tuvieron otros dos hijos: Félix Bartolomé y Basilisa. Ella murió de temprana edad. Hombres sencillos, pero honrados y de buena cepa. Labriegos con lo suficiente para tirar adelante con la familia, sin lujos. El 26 del mismo mes fue bautizado por el párroco D. Lucinio Urdiales. Más tarde hizo su primea comunión y fue confirmado. En la escuelita del pueblo hizo sus primeros estudios.

Seminarista agustino

Tenía aún 11 años cuando unos agustinos pasaron por el lugar buscando posibles seminaristas. Y les dijo: “Quiero ser agustino como vosotros”. Y el 27 de septiembre de 1929 el señor Juan lo llevó al Seminario agustino en Valencia de Don Juan, en la Provincia de León. Allí estudió Latín y Humanidades.

Religioso Agustino

Y llegó el momento de dar un paso decidido hacia la vida religiosa. Se trasladó al Convento de Padres Agustinos, de Valladolid. Allí vistió el hábito agustino e inició el noviciado el 20 de septiembre de 1933. El 21 de septiembre de 1934 hizo su primera profesión de votos religiosos.

Camino al Sacerdocio

            Aunque toda la vida de un seminarista va orientada también al sacerdocio, los primeros pasos firmes fueron el 1 y 2 de septiembre de 1940, en el Escorial:  Recibió el subdiaconado y diaconado.  Fue ordenado sacerdote en Madrid el 21 de marzo del 1942. No penséis en invitados y familiares. No se estilaba  en aquellos tiempos.

Destino y misión

El P. Riverito era miembro de una Provincia Agustiniana netamente misionera. Así que los superiores pensaron mandarle fuera de España. Hay documento de haber sido destinado a Colombia, pero pocos días después fue destinado al Perú donde el 24 de mayo de 1943 pisó tierra peruana en Puno. Lo enviaron a la comunidad de Chancay y el 14 de marzo de 1944 fue trasladado a Chosica, donde permaneció hasta poco antes de morir en el 2002.

Sus dos tareas continuas: Colegio y Parroquia, intercaladas con las muchas salidas a atender, con los sacramentos, a enfermos y viejecitos y, con ayuda material, a necesitados y pobres.

Una persona especial: tímido, que infundía paz con su sonrisa a flor de labios y con un rostro en que brillaba la alegría de una persona buena de verdad, sin maldad, que se acercaba con amor a cada persona, de mirada serena y tranquila, de gran nobleza, un hombre bueno cuya presencia daba paz y hacía sentir a Dios cerca. Y por todo esto era tan querido.

Lo habéis conocido como un hombre de santidad que no toca trompetas; una santidad

que no busca placas de mármol. Su vida era como un trabajo de hormiguita…  Pasó por el mundo como de puntillas, silenciosamente. Haciendo del día a día algo común y sencillo, presentando una santidad asequible. Permanentemente disponible, no pedía nada para él, sencillo en su modo de ser y de vivir. Predicó la humildad y la demostró con su vida. Y junto a esa humildad había una evidente fortaleza interior traducida en perseverancia.

Sí era escrupuloso -desde muy temprano- pero en los últimos años estuvo más tranquilo. Por esa forma de ser, no es de extrañar que se le viera muy apegado a lo tradicional, pero siempre persona ejemplar.

Por coherencia a sus principios agustinos, vivió siempre modestamente, sin lujos. Muy austero en comida y bebida.

Amaba a su Orden Agustina y se preocupaba por los jóvenes de nuestro seminario. Precisamente pensando sobre todo en ellos -lo dijo él mismo- diez días antes de morir, celebrando juntos con él su cumpleaños, nos regaló a todos la copia de un hermoso libro para el sacerdocio: “Manete in dilectione mea” (Permaneced en mi amor). Lo conservo con cariño.

En consonancia con el estilo de vida común agustina, alguno me ha dicho: Jamás habló mal de nadie. Y si algunos se iban por esos caminos, desviaba la conversación.

Y ¿qué os voy a decir a vosotros, exalumnos, de su tarea educativa y formativa en el Colegio Santa Rosa? Mirad, os voy a recordar cosas que nos habéis contado y que sé que en reuniones de Promoción, recordáis con tanto agrado. Los exalumnos tenéis materia para llenar muchas páginas sobre el P. Riverito: como profesor, como educador, como Padre espiritual en la charla semanal, en las filas interminables de alumnos que deseaban confesarse con él y a los que nunca dejó de atender. Y podríais seguir contando de lo que sucedía en los recreos entre clase y clase:  cómo aprovechaba para propagar sus querencias sobre María y las Misiones. Y cómo de esas formas os corregía perdonando y vencía a los alumnos de mala conducta.

Os explicó religión, inglés, geografía y hasta astronomía. A los internos os daba clases extras “prácticas” de astronomía, cuando algunas noches, en la terraza, alrededor de un viejo telescopio, os reunía para seguir el rastro de las estrellas, conocerlas por su nombre y entusiasmaros con la grandeza de Dios que había creado tanta maravilla.

Siempre tuvo presentes a los pobres y necesitados de la ciudad.  Su disponibilidad para ayudar al prójimo era notoria. Visitaba, consolaba y aconsejaba a pobres y enfermos con mucho amor. Siempre dispuesto a ayudar a los más necesitados. En medio de su sencillez y pobreza se las ingeniaba para ayudar a los pobres, con gran sensibilidad por sus necesidades materiales aunque su principal interés fue fortalecer los bienes espirituales; a veces se despojó de sus cosas y ropas para atender a los que -según decía él- lo necesitaban más que él. En alguna ocasión, en sus vacaciones en España, su familia le compró ropa que supliese a la ya un tanto usada que llevaba encima. Al volver se la dio a gente pobre de Chosica.

Sus grandes amores

El amor tiñe de vida todo lo que toca. Y así se percibían sus grandes amores, que impregnaban todo: Eucaristía, María (sobre todo la advocación agustiniana Madre del Consuelo), Misiones y pobres. Lo sabéis muy bien los exalumnos porque en todo momento sentíais, en concreto, su amor hondo y tierno por nuestra Madre la Virgen María. Y podéis preguntárselo también a los Legionarios de María a los que atendió por muchos años.

Quien pudo visitarlo en su última enfermedad notó su esperanza viéndole sufrir en silencio. Nunca le oyó quejarse -dijo su médico-. Un mes antes de su muerte el P. Rivero manifestó al médico Dr. Guillermo Morales que el día de la fiesta de Cristo Rey sería una hermosa fecha para partir. Y así fue. El 24 de noviembre de ese año era la fiesta de Cristo Rey. Ese día murió él. Murió de cáncer de páncreas.

Desde el día de su muerte muchos abiertamente hablabais y hablaban de él como de un santo. Entre los exalumnos así lo visteis y vivisteis. Ya en el velorio se constató que era un parecer compartido por los chosicanos. Y en su sepultura varias voces lo aclamaron como Santo. Así es como lo han percibido y siguen percibiéndolo: Su vocación era la santidad, él es un icono, un modelo para los sacerdotes. Algún exalumno comenta: Para mí fue un santo que en vida conocí; sí: “He conocido un santo”. Este mundo necesita de una forma “sencilla” de santidad como se manifestó en él -comentáis-.

Un abrazo muy grande a todos.

P. Agustín Crespo Zumel O.S.A.